Daniel Stern: La primera relación madre-hijo

Daniel Stern es profesor honorario de Psicología de la Universidad de Ginebra, profesor adjunto del departamento de Psiquiatría de la Escuela de Medicina de la Universidad de Cornell y conferenciante del Centro de Docencia e Investigación del Psicoanálisis de la Universidad de Columbia. Doctor Honoris Causa por las Universidades de Copenhague y Alborg (Dinamarca); Palermo y Padua (Italia); y Mons Hinault (Bélgica). Miembro del Boston Change Process Study Group (BCPSG). [Texto de la entrevista que se le realizó en el Colegio de Psicólogos de Madrid]

Pero para mí, Daniel Stern es mucho más que la definición dada. Es mucho más que un profesor honorario de Psicología… es la persona de la que tomo al mano y me sigo embarcando en  la primera relación madre-hijo. He disfrutando mucho  leyendo «Diario de un bebé: que ve, siente y experimenta el niño en sus primeros cuatro años» y «El nacimiento de una madre: como la experiencia de la maternidad te cambia para siempre».

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Este fin de semana ha sido especial y «redondo». El sábado disfruté de una barbacoa con dos de mis mejores amigas -y parejas- y perros en un ambiente tranquilo, cercano, donde nos reímos muchísimo jugando al Party 2.0.  Y el domingo entre árboles, lecturas y familia… ya a última hora, aquí sentada en mi casa de Madrid. Sigo siendo consciente de lo afortunada que soy y de la vida tan maravillosa que tengo. Así que doy gracias, y mil gracias y la sigo viviendo, disfrutando de estos pequeños-grandes momentos que hacen que todo cobre sentido.

Mañana es lunes, comienza una semana llena de compromisos, estudio, artículos…pero la comienzo de otra manera, diferente. Especial.  ¡Gracias!

Del ritmo al símbolo. Cintia Rodríguez

Reposa en mi estantería de LPDL  (Libros Pendientes De Leer) desde hace unos días, pero hasta hoy, no sé por qué, no había cumplimentado el ritual: abrirlo por la primera página, poner la ciudad, el día, el mes, el año y firma.

Aún me quedan algunas semanas por delante de lectura del libro de Uta Frith y Sarah-Jayne Blakemore, del que más que una lectura estoy haciendo un estudio-reflexión, para poder tenerlo entre las manos, sentarme tranquilamente en el sillón de mi despacho y comenzar su lectura, con unos folios a mi lado para hacer todas las anotaciones pertinentes…  pero reconozco, que tengo ganas.

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Metafísica de los tubos

Ayer me compré un libro que llevaba mucho tiempo buscando -a pesar de que los libreros me decían, «Sí, Nothomb es muy conocida», nunca lo tenían-.

No os puedo decir ningún tipo de opinión objetiva ni subjetiva de él, más allá de las ganas que tengo de bucear entre sus páginas, disfrutar de su lectura y reflexionar acerca de cada sensación que me produzca.  Hace días que no leo «literatura» y para quien me conoce, sabe que es un elemento equilibrante en mi vida.  Si no tengo tiempo de leer…. algo pasa!

 

En la contraportada podemos leer:

Metafísica de los tubos cuenta los primeros tres años de vida de un ser obsesionado por el agua que, disconforme con su entorno, adopta la inerte forma de tubo como condición existencial. Con la crueldad, el realismo y el peculiar humor al que nos tiene acostumbrados, Amélie Nothomb rememora, a través de una narración que combina filosofía y fontanería, episodios de su infancia japonesa, transcurrida en Osaka. Que la protagonista de esta novela sea un bebé superdotado que opta por vegetar, que se autoprocama Dios y que se niega  a manifestar sus emociones hasta que descubre el sentido de la vida en una barrita de chocolate y la muerte en un estanque habitado por repugnantes carpas, constituye un acto de coherencia con un universo literario en el que la obsesión por venerar el paraíso de la infancia es un tema recurrente.

 

Y en páginas interiores:

Los ojos de los eres vivos poseen la más sorprendente de las virtudes: la mirada. No existe nada tan singular. De las orejas de las criaturas no deminos que poseen una «escuchada», ni de sus narices que poseen una «olida» o una «aspirada».


¿Qué es la mirada? Ninguna palabra puede aproximarse a su extraña esencia. Y, sin embargo, la mirada existe. Incluso podría decirse que pocas realidades existen hasta tal punto.

¿Cuál es la diferencia entre los ojos que poseen una mirada y los ojos que no la poseen? Esta diferencia tien un nombre: la vida. La vida comienza donde empieza la mirada.

 

Fotgrafía: Cristina Granados

Sabor agridulce

La lectura del libro «A dónde vamos, papá?» me ha dejado un sabor más bien agridulce. No sabría describir todas y cada una de las diferentes sensaciones que me han ido asaltando durante su lectura. A veces me enternecía y otras me ha parecido cruel.

¿Puede un padre  -disfradado de ironía, arrogancia en algunos momentos- justificar palabras, frases, ideas del libro? ¿Se debe ser más permisivo de lo normal con esta lectura y darle una vuelta de tuerca para entenderla? Puede ser que sea esto último lo que haya que hacer con el libro, ya que entre sus páginas se desprende a la vez ternura, amor y pasión por sus dos hijos con discapacidad.

 

Inevitablemente, como musicoterapeuta me llamó la atención este párrafo (mientras casi vislumbraba la intervención que realizaría. Sí, estoy para «hacérmelo mirar» creo yo):

 

Mathieu no tiene muchas distracciones. No mira la televisión; no la necesita para volverse retrasado mental. Por supuesto, no lee. La única cosa que parece agradarle un poco es la música. Cuando la escucha, repiquetea sobre su pelota como si fuera una tambor, siguiendo el ritmo.

 

 

Es curioso como el autor crea-inventa un pájaro en el que proyecta su propia situación (él no se compadece de la discapacidad de sus hijos, al contrario, bromea con/de ella):

Me acabo de inventar un pájaro. Lo he llamado «Antivol». Es un pájaro extraño; no es como los demás. Tiene vértigo. Es mala pata para un pájaro, pero no cae en la desesperación. En lugar de compadecerse de su discapacidad, bromea. 
Siempre  que le piden que vuele, encuentra una razón divetida para no hacerlo y hacer reír a todo el mundo. Además, tiene desparpajo y se de los pájaros que vuelan, de los pájaros normales.
           Como si Thomas y Mathieu se burlaran de los niños normales que se cruzan por la calle.
           El mundo al revés.

 

 

Uno de los momentos en los que me quedé casi sin aire al poder pensar que hubiese personas que creyeran la primera frase que escribe el autor. Lo veo, inevitablemente, imposible:

No hay que creer que la muerte de un niño discapacitado sea menos triste. Es tan triste como la muerte de un niño normal.
La muerte de alguien que jamás ha sido feliz, que solo ha venido a dar una vuelta a la Tierra para sufrir, es terrible.
De éste, cuesta recordar una sonrisa.

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¿A dónde vamos, papá?

«Hasta este momento, no había hablado jamás de mis hijos. ¿Me daba vergüenza? ¿Huía de la compasión de los demás? Quizás era una mezcla de todo ello.

Ahora que el tiempo apremia, que el fin del mundo está cerca y que cada vez me descubro más biodegradable, he decidido escribir un libro. No quiero olvidarlos, ni que sólo quede de ellos una foto y un carné de invalidez.

Quiero escribir cosas que no les he dicho nunca. Hablar de mis remordimientos. A veces no he sido un buen padre. Muchas veces, simplemente no los soportaba, me resultaba difícil quererlos. Con ellos necesitaba la paciencia de un ángel, y la verdad, no soy un ángel. Cuando se habla de niños discapacitados, se suele poner cara de circunstancias, como hablar de una catástrofe. Por una vez, quería hablar con una sonrisa, y es que me han hecho reír tanto con sus chorradas…, ¡y no siempre involuntariamente!

Gracias a ellos, tengo ventajas que no tienen los padres de los niños normales: no he tenido que preocuparme de si será más conveniente el bachillerato científico o el de humanidades, ni de qué debían estudiar ni de qué harían en la vida…»

Esto es lo que podemos leer en la contraportada del libro de Jean-Louis Fournier «¿A dónde vamos, papá?» que me acaba de regalar mi querido compañero de viaje, A. y el cual comenzaré a leer en cuanto venga de impartir el Seminario de Introducción a la Musicoterapia» en Valladolid, el lunes por la mañana.

De ahí que no haya podido dedicar mucho tiempo hoy a contar mis impresiones del seminario de Carlos G. Wernicke, ni de la obra de teatro «La máquina de abrazar». Pero prometo hacerlo a la vuelto, algo más tranquila y con algo más de tiempo.

Mientras ese momento de «relax» llega, voy a seguir disfrutando del olor de mis tulipanes, de la música que me acompaña en esta tarde gris y lluviosa de febrero.