MUSICOTERAPIA Y EL FINAL DE LA VIDA EN FORMA DE DOCUMENTAL

Quien veis apoyado mirando el horizonte se llama Arturo Méndiz y es productor y director de cine. Quien me llamó un día, tras buscarme e informarse sobre mí, y con quien conecté de una manera maravillosa desde el primer momento en que nos vimos [aunque fuera de manera virtual]. Desde ese día hemos trabajado mano a mano para hacerlo realidad…de la mano de Mauro Colombo -director de cine con una forma de ver el mundo y estar en él muy especial- al que veis con esa sonrisa que lo ilumina todo y quien será el encargado de mirar con su cámara a esta chica que os escribe.

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De compartir mi mundo, la forma de sentir la vida, la música que suena mientras miro a los ojos a niños que son mucho más que eso, familias a las que acompaño, momentos íntimos que compartimos.

Aún recuerdo su voz grave diciéndome “¿por qué los niños?”, y como yo mirándole a los ojos [mientras intentaba traspasar la pantalla] le contesté : “porque los niños también se mueren. No algo exclusivo de los adultos. Y hay que honrarlos”.

Sé que cuando hablo de mi labor de vida, hay gente que mira hacia otro lado o me dicen que no les cuente nada, que qué duro lo que hago… y en cambio siempre les abro los ojos ante el valor que tiene el estar a su lado, con música, silencio, juegos, lágrimas… la vida. Que soy yo la que siente la profunda suerte de conocerlos, de que formen parte de mi vida y yo de la suya. Y que sí, que me da un zarpazo en el corazón cuando se van, pero que -como dice la Dra. Sylvia Beldaes el “peaje” que pagamos por ser parte de sus vidas.

Que los llevo a todos en un lugar especial de mi interior. Y que a veces se me caen las estrellas de los ojos cuando les recuerdo, o cuando sus familias me escriben tiempo después. Pero no dudéis que son de amor.

Gracias -siempre- Arturo y Mauro por haberos cruzado en mi camino.

Nos vemos esta semana por Zaragoza para vivir, emocionarnos, mirar -con el corazón- y rodar!

10 años acompañando el final de la vida

El otro día me di cuenta de que este año 2021 se cumplen 10 años desde esa primera vez que crucé la puerta de la primera casa -en Madrid- del niño en cuidados paliativos pediátricos con el que comenzaría todo. No fue una simple puerta. Fue comenzar a sentir, a vivir y a habitar de otra manera.

La musicoterapia, tal y como la entendía antes, ha ido cambiando mucho. Unos niños me han ido enseñando lo realmente importante en esos momentos… para convertirme en una “tubería” y poder llevárselo a otros.

Todo comenzó en Madrid, y la vida me ha llevado a Aragón. Ahora es aquí donde suenan los acordes, sonidos, tambores, y donde mi voz se trasforma y se hace una con la suya. Es aquí donde formo parte de un equipo de atención paliativa pediátrica con las que aprendo. Con las que crezco.

Y os mentiría si os dijera que no duele. Porque sí lo hace.
Siempre lo digo -porque es verdad-, pero el día que no llore porque un niño fallezca dejaré de hacer lo hago. A veces, lloro dentro. Otras lo hago con una sensación de paz difícil de explicar. Otras con una sonrisa, mientras lanzo un beso al cielo. Y otras, necesito unos días para gestionar lo vivido.

Pero siempre es través de la música con la que la paz llega a mi vida.

“Madre siempre habrá, estemos donde estemos, una gran línea recta entre tu cuerpo y el mío”. Nunca estas palabras de @Marwanmusica cobraron tanto sentido como cuando sales de acompañar el último suspiro de vida de un niño. Y escuchas el desgarrador grito de una madre que acaba de perder al ser que más amaba en la vida.

La música no cura. Nunca lo hará. Pero es un bálsamo para el alma.
De aquel que deja de tener miedo ante la muerte, y para aquella que le acompaña dando luz a esos momentos.

[Porque esta vida, merece otra. Y estos 10 años de acompañamiento en cuidados paliativos pediátricos merecen mucho más que una simple entrada en el blog. Pero necesito tiempo. Para reflexionar. Sentir. Revivir. Expresar]

MÚSICA PARA CRECER: 0 a 8 meses en Zaragoza

Hace unas semanas daba comienza las sesiones virtuales de Música para Crecer, y muchas fueron las familias que me preguntaban si iba a abrir grupos presenciales y como os explicaba en una entrada anterior en el blog del proyecto, sentía que no podía abrir un espacio de experimentación musical diciendo todo el rato el “no os toquéis”, “no le dejes esa maraca”, “cada uno en su espacio”… por lo que únicamente abriría un grupo de bebés con los más pequeños ya que con ellos, las distancias no son un problema y son los adultos quienes gestionan ese trabajo sin que los bebés sean conscientes de ello.

Cumpliendo con las medidas sanitarias de prevención del covid-19, hemos establecido:

  • desinfección de la sala antes y después de su uso
  • se mantendrán las distancias de seguridad
  • uso de gel hidroalcohólico a la entrada y salida
  • cada familia dispondrá de instrumentos y material multisensorial específicos asignados en una caja y serán debidamente desinfectados
  • cada familia hará uso de una esterilla propia que será debidamente desinfectada
  • se hará uso de mascarilla durante las sesiones (se recomienda mascarilla transparente certificadas u homologadas The Communicator o Allegra Mask para la comunicación con los bebés)
  • los zapatos se dejarán fuera de la sala, en una zona habilitada para ello, y se hará uso de calcetines calentitos
  • los carritos se dejarán en la entrada

Toda la información para inscribirte con tu bebé la encontrarás en la pestaña de “SESIONES PRESENCIALES” de MÚSICA PARA CRECER, o si te es más cómodo:

Lo que surge en una sesión de musicoterapia…

cuidados paliativos pediátricos y musicoterapia

Era pasado el mediodía cuando di tres toques en la puerta de la habitación donde estaba ingresada una preadolescente -a la que tenía muchas ganas de ver-, y esperé a que alguna voz desde dentro dijera “pasa”.

Así fue. Así hice.

La sesión volvería a ser un espacio-tiempo para ‘nosotras’ mientras la familia iba a dar un paseo, tomar un café o descansar mínimamente durante el periodo de tiempo que durara la sesión de musicoterapia. Comenzamos escuchándonos, respirando y con unas notas de la sánsula guiadas por su ritmo respiratorio en ese momento.  Había traído mis tambores Trommus e ideado una sesión centrada en la estimulación motriz, ya que su movilidad se ha visto afectada por causa del tumor que padece. Pero como un objetivo secundario al que tenía en un principio en mi cabeza: expresar a través de los tambores el dolor emocional acumulado de todo el proceso vivido.

En un momento de risas compartidas con los tambores -porque los hay, y muchos!- me dijo:

–  ¿Te has fijado en lo que dice ese cartel?

La verdad es que no me he dado cuenta al entrar. ¿Estaba la última vez?  -contesté.

– Es que la otra vez que nos vimos no fue en esta habitación. Si quieres antes de salir lo puedes leer. -apuntilló.

Espera que lo leo ahora -dije mientras me fijaba con más intención en lo que querían decir aquellas seis frases- Es precioso, la verdad.

Hubo un pequeño silencio que se rompió cuando de mi boca salió, sin casi darme cuenta, un: ¿quieres que le pongamos música?.

¡Sí, por favor! -dijo sin pensárselo.

Y de repente allí estábamos las dos creando, de la manera más natural del mundo, una melodía para esa letra. La música brotaba sola, encajaba a la perfección… y aquellas frases cobraban vida. La cantamos varias veces, con risas entre medias porque yo cruzaba frases, para hacerla nuestra. Le propuse que la cantáramos hacia adentro, con los ojos cerrados, para mimar a nuestros corazones.

Y de repente, mirándonos a los ojos, canté su nombre antes de cada frase

D, es más valiente de lo que cree

D, es más fuerte de lo que parece

D, es más inteligente de lo que piensa ella de sí.

… e improvisando,  terminó cambiando el final para cantársela a sí misma.

Soy más valiente de lo que creo

soy más fuerte de lo que parezco

más inteligente de lo que pienso yo de mí.


Respiramos juntas el último acorde y nos quedamos en silencio
. Un rato que no puedo decir si fue corto o largo. Pero si necesario. Se había pasado la sesión sin ni siquiera darnos cuenta. Le propuse que el final  la hiciéramos en familia. Con un ‘juego’: hablar a través de las manos. Cada uno cogería una, cerraríamos los ojos y nos lo diríamos todo sin palabras mientras la música sonaba… y así hicimos. Salí de la habitación para buscarles y les conté -antes de entrar- que era lo que íbamos a hacer.

Fue un momento precioso donde yo estaba en un -magnífico- octavo lugar y ellos eran los protagonistas de lo que estaba ocurriendo, a través de miradas cruzadas sin ni siquiera hablar. Este instante permanecerá siempre en mi retina. Y, seguramente, en nuestros cuatro corazones.

 

Pasaron algunas cosas más antes del cierre,
pero esas se quedan para nosotros.