El amor por los demás: el vínculo en musicoterapia

Hace doce años comencé mi carrera profesional como musicoterapeuta. Por aquel entonces estaba ávida de conocimiento. Me interesaban todos y cada uno de los ámbitos de intervención de esta disciplina (preventiva, educativa, social, sanitaria) y recuerdo que mi energía -tan potente- me hacía no sentir cansancio aunque apurara las horas del reloj.

Una de las cosas que me hicieron estudiar musicoterapia fue justamente porque aúna mis dos pasiones: el amor por la música y el amor por las personas. Y eso, no ha cambiado. Sino que ha crecido.

El jueves pasado en el momento final de la sesión con A -un niño al que conocí al poco de nacer y al que acompaño desde entonces- Eloisa, su mamá, me dijo:

– Carla ¿sujetas a A un momento mientras me pongo la mochila?
– Por supuesto -respondí.

Y en ese momento, se apoyó en mi hombro y me abrazó. Y en ese abrazo nos comunicamos de una manera totalmente natural lo que sentimos el uno por el otro: respeto, cariño, confianza, seguridad y un amor profundo.

No encuentro realmente las palabras exactas que puedan describir cómo me conecto con cada uno de ellos, porque creo que no las hay. Creo que solo se entiende si eres capaz de mirar más allá de una «carcasa», de crear un lazo rojo que nos une de por vida, si al tocarle dejar que todo fluya y si lo vives con todo tu ser. El vínculo terapéutico.. tan necesario para avanzar en el proceso de intervención, ya que significa confianza plena en el otro. De ahí que siempre remarque en las conferencias, sesiones clínicas o conversaciones profesionales la importancia del respeto máximo hacia el paciente.

Cuando A. coge uno de los dedos de mi mano, o cuando interactúa con su madre a través de nuestro lenguaje que es la música, hay algo que hace ‘clic’ en nuestro interior. Ellos -y solo ellos- son quienes -sin saberlo- me han regalado una mejor versión de mí. Para que aprenda mucho y pueda llevarlo -como si fuera una tubería- a otros niños.

Por eso siempre suenan conmigo aunque ya no estén, y los siento siempre cerca. Estos días pensaba:

¿cómo me enseñó A a acercarme a alguien que no mira como yo pero que ve el mundo a través de todos los radares de su cuerpo?

¿cómo aprendí de él que el silencio es maravilloso y que a veces solo necesitamos la presencia y no el sonido?

¿cómo fuimos progresivamente utilizando los panderos para descubrir las ‘barreras’ de movimiento y así ir poco a poco mejorando la apertura de brazos, o el movimiento de los dedos?

¿cómo me mostró A a su propia mamá para que yo aprendiera a acercarme a otras familias?

Gracias Eloísa por captar este instante que permanecerá siempre en mí.
Y dejarme mostrarlo al mundo.

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