Lo que me mueve: historias musicales de un coche.

Si alguien pudiera contar cómo nuestros sueños -literalmente hablando- se hacen realidad, por extraño que parezca, sería mi coche. Desde que hace ya varios años me sacara el carnet de conducir y me dejaran en “usufructo” un coche de casi quince años y 401.635 kilómetros de vida y al que tan sólo le falla la “tos” (alias la calefacción que sale a ratos), su logotipo frontal (porque algún desalmado decidió que quería rallársela) y una  rallada en la puerta del copiloto (ya que en la UCM otro desalmado pensó que era lo propio pasar la llave por mi puerta en señal de ¿?).

En el coche

Con el violoncello en la parte trasera

Quitando estas “heridas”, todos los días, cuando estoy llenando el maletero no sólo de maletas con instrumentos -sino de ilusiones, de vida, de cariño- le hablo. Sí, sí. Como lo oís. “Venga no me dejes por ahí tirada, que tenemos que llegar a…”  ¡Claro que sí, un poco de ánimo a esta edad no viene mal! Me subo, introduzco la llave, dejo que se apaguen todos los chivatos correspondientes, engancho el cinturón de seguridad, conecto el Ipod (porque mi chico es de “cinta” y tengo un artilugio que hace de cassette conectado al Ipod para que éste suene) y dependiendo del estado de ánimo o de los kilómetros que me toquen hacer suena una música u otra. Hay días que sólo está presente la radio (gran compañera sin duda).

En estos últimos dos años se ha convertido en un fiel compañero de sesiones de Musicoterapia. Sí, sí. Como lo oís.  Nos acompaña de manera segura a las rutas que realizamos dentro de la Fundación Porque Viven y el Proyecto de Musicoterapia en Cuidados Paliativos Pediátricos todos los viernes. A las 9am salimos de casa, pasamos por Moncloa, Princesa y Plaza de España para cruzar la Gran Vía por la Calle Silva y acabar en Fuencarral donde nos espera Mary con su guitarra y otra maleta de instrumentos. El violoncello -atado con el cinturón de seguridad, como no- en el asiento de atrás, espera paciente a que la guitarra se le suba encima. Los intermitentes encendidos indican a los coches que esperan que necesitamos unos minutos para acoplarnos perfectamente en el coche, darnos los buenos días, unos besos y comenzar nuestro viaje.

En ese instante sí que se baja la música, o la radio. Mary y yo comenzamos con un soniquete que hace ya tiempo que nos acompaña (sobre todo los días desapacibles de lluvia, tráfico intenso y gente al volante algo “estresada”) que dice:

Es nuestro sueñooooo
(do4 – la3 – sib3 – do4 – faaaaa4)

A pesar de los días de lluvia...

A pesar de los días de lluvia…

Media hora es lo que tardamos, más o menos, en llegar a la primera casa. Aparcar cerca, sacar todos los instrumentos y riiiinnng, entrar en el sonido, en la música...  Allí nos espera paciente a que volvamos con una gran sonrisa al acabar las sesiones. Volvemos a llenar el maletero, violoncello y guitarra en el asiento trasero y ¡voiláotra media hora de desplazamiento hasta la siguiente casa. En ese tiempo valoramos la sesión, anotamos cosas importantes y hablamos de nuestras cosas también, mientras yo tengo cuatro ojos (y es verídico porque lo que no veo yo, lo hace Mary) en la carretera. Más si es un día de lluvia.

Aparcar, sacar instrumentos…. y volver después de una hora de sesión para ir a la última casa de ese día. Y es aquí donde nuestro fiel compañero nos escucha en silencio. Algo ha ocurrido que nos ha dejado más calladas de lo normal. Mary se apoya en la ventanilla, la música ya no suena. Yo, simplemente, conduzco.

Aparcamos lejos esta vez, no había sitio en la puerta. Así que nos toca caminar cargadas como percheros: guitarra o cello a la espalda, maleta en una mano, bolso en la otra. Riiiinnnnnggggg Somos Carla y Mary,  se abre la puerta y comenzamos a sonar. 

Cuando acabamos la última sesión, nuestra energía ya es mucho menor de la que comenzamos. Son las 2pm y la entrada a Madrid es complicada a esta hora, así que con calma sabemos que dejaré a Mary sobre las 3pm en casa y yo aún tardaré media hora más en llegar a la mía.  Silencio. Palabras. Silencio. Un coche que se nos atraviesa en medio de Alcalá, la pita suena. Un  ¡Pero bueno!  nos hace saltar casi del asiento. Allí sigue él. Llevándonos de vuelta a casa, seguras.

Él no solo nos mueve, en el sentido literal de la palabra. Semana tras semana es nuestro fiel compañero, el que tiene ganas de que vuelva a ser viernes, de nuevo. Comenzar otra ruta. Una de las que ya se sabe de memoria. Es nuestro confidente de risas, de música, de secretos, de lágrimas, de ilusiones, de decepciones y de sueños…

Volviendo a casa

Volviendo a casa

Si pudiera hablar…

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Un pensamiento en “Lo que me mueve: historias musicales de un coche.

  1. Me encantó!!! Yo tambien veo así mi semana con mi gran compañero de ruta…entre paciente y paciente… Esa media hora de viaje y análisis de la sesión anterior! Cargada de instrumentos … Yo lo hago sólita….bueno! Con mi coche y su música!!!!

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